Play It Again Sam.


Robo, proxenetismo, drogas, trata de blancas, agresión con ensañamiento y graves daños corporales… Todo ello se ha asociado al tenebroso mundo de los salones recreativos. Es innegable que esos espacios son uno de los escenarios preferidos por camellos, tironeros o carteristas. También es indiscutible que los tugurios del Soho y sus equivalentes de cualquier gran ciudad alojan a un importante número de rufianes, pero se trata de una mera coincidencia: los locales nocturnos atraen a las especies nocturnas. Martin Amis.

Comienzos de los 80. Rosario (Argentina), el ambiente que describe Amis se le sumaba el peso de vivir bajo una dictadura militar. No solo se trataba de la ola mundial de "pánico moral" que señalaba a los videojuegos como una mala influencia; se sumaba la aversión del régimen genocida hacia cualquier espacio o rito de sociabilidad, especialmente si involucraba a jóvenes. Por eso, eran moneda corriente las razzias nocturnas de la Policía o incluso de Gendarmería, transformando un momento de ocio en una situación de miedo, el miedo con el que se vivía en esa época.

En es època la Plaza Sarmiento de Rosario tenía una fauna pesada: estaba plagada de fisuras, cafishos y prostitutas. Los sàbados por la noche el salón arcade/videojuegos que estaba justo enfrente se llenaba de estos personajes, creando un ambiente particular. En esta capsula submundo todos hermanados como "viciosos" de los juegos;  terminábamos unidos por la misma obsesión frente a la pantalla del juego.

El testimonio oral es valioso pero no siempre es una fuente confiable. Las fechas se pueden confundir y los recuerdos suelen acomodarse para redondear un relato. La memoria suele y tiende a jugarnos buenas pasadas, a nuestro gusto. En los primeros años de democracia las razzias continuaron: la misma inercia represiva y las viejas regulaciones seguían ahí. Lo único que empezaba a cambiar era el miedo que todos poco a poco ibamos perdiendo.

A la distancia en el tiempo y con un interés personal en la historia de los videojuegos arcade voy descubriendo los parecidos vivenciales en los diferentes países. Un fenómeno cultural y social mundial que los jóvenes vivimos con màs similitudes que diferencias.

El de más abajo es un fragmento del genial librito de Martin Amis  La invasión de los marcianitos. Un  diario personal de un vicioso de los arcades prologado por Spielberg!

" JUEGA OTRA VEZ, SAM

Y hablando de graves daños corporales... Cerca de donde vivo había un salón que se llamaba Play It Again Sam.4 Yo solía ir por allí, pero no más de cuatro o cinco veces al día, que conste. En muchas ocasiones me vi obligado a abandonar una prometedora batalla intergaláctica (o a desviar la atención con efectos desastrosos) porque una reyerta mucho más tangible se estaba produciendo a escasa distancia. Yo intentaba seguir jugando hasta el último instante razonable, pero cuando empezaban a volar los ceniceros y las bolas de billar junto a mi cabeza entendía que era el momento de mudarse a otro cuadrante. Gruñía en la calle con los demás videoartistas y esperaba a que se resolviera el problema técnico.

El Sam abría las 24 horas. Una noche, a eso de la una, yo estaba allí defendiendo plácidamente la Tierra, como tenía por costumbre, cuando se presentaron cuatro policías. Diez segundos después había estallado la Guerra de las Galaxias, pero no en las pantallas. Me hallaba frente a la novena oleada con tres naves y dos bombas inteligentes a mi disposición, preparado para batir un récord y sin el menor deseo de irme a casa. Entre escaramuzas miré a la izquierda con el rabillo del ojo y vi cómo intentaban arrestar a dos jóvenes blancos. La verdad es que pirueteaban entre flíperes volcados, máquinas de café tambaleantes y la lluvia de misiles que sus correligionarios lanzaban a los representantes de la ley. Miré a la derecha, hacia la calle. Parecía que allí estaba la Comisaría 87 al completo: coches patrulla, furgones, treinta o cuarenta polis y una docena de impacientes perros alsacianos. La tropa irrumpió en el local. Un agente que estaba junto a mí detuvo un cenicero de cristal con el cogote. Decidí ahuecar el ala.

En la calle, los muchachos de azul pastoreaban, amenazaban o apaciguaban a los evacuados involuntarios e insatisfechos. Los dos jovenzuelos salieron finalmente a rastras y fueron introducidos en el furgón, donde recibieron una elaborada manta de hostias si he de creer los efectos de sonido (en alta fidelidad) procedentes del vehículo. Chaparon el Sam durante el resto de la noche y se oyó un clamor en la calle: «¡Me quedaban cuatro vidas!», «¡una oleada más y habría llegado a coronel!», «¿qué pasa con mis tres créditos?», «¡estaba transportando al último humanoide!». Cuando me asomé al interior pude ver a los empleados disfrutando alegremente de las partidas gratuitas. Sonreían encogiéndose de hombros. No podían evitarlo.

A la mañana siguiente me acerqué al Sam y le pregunté por la bronca de la víspera a uno de los guardas vestidos de morado (un amable y flemático señor de Barbados). ¿Un crimen relacionado con los marcianitos? ¿Habían asesinado a alguien por unas cuantas partidas de Frogger? «Propiedad robada —me explicó con voz cansina—. La estaban recibiendo, pero se resistieron al arresto.» «Ya lo sé —le dije—, estaba aquí.» Y tenía razón, desde luego: saltaba a la vista que fueron algo reacios al arresto. La expresión nunca me había resultado tan significativa como aquella noche: ¡joder, qué manera más enérgica de resistirse a la autoridad! 

Robo, proxenetismo, drogas, trata de blancas, agresión con ensañamiento y graves daños corporales… Todo ello se ha asociado al tenebroso mundo de los salones recreativos. Es innegable que esos espacios son uno de los escenarios preferidos por camellos, tironeros o carteristas. También es indiscutible que los tugurios del Soho y sus equivalentes de cualquier gran ciudad alojan a un importante número de rufianes, pero se trata de una mera coincidencia: los locales nocturnos atraen a las especies nocturnas. No hay nada inherentemente clandestino en el videoadicto ordinario. Esos expertos en hecatombes y bombas sagaces, esos traficantes de cadáveres y destrucciones, esos guerrilleros de Space Fury, Berzerk o Astro Blaster, suelen ser muy buenos chicos."  

"La Invasión de los marcianitos", Martin Amis.

A principios de los años ochenta, Martin Amis, como millones de personas de todo el mundo, cayó en la adicción a los videojuegos. Visitó salones recreativos, bares y locales de lo más variopinto en busca de las últimas novedades virtuales en materia de batallas galácticas, invasiones extraterrestres y desastres con asteroides. De esa época nació este libro de culto, el relato de una adicción y también una crónica, divertida y detallada, de cómo se transformó la cultura popular con la llegada de la tecnología, la información constante y la fascinación por el espacio.

(*) El texto de la entrada es de mi autorìa -obviamente salvo las citas-. Luego correcciòn ortografica y gramatical con IA Gemini. 

(*) Las fotos son del libro de Amis.

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